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DE ANIBAL TROILO A RICARDO VILCA.
LA NECESIDAD Y LA REALIDAD DEL MITO.
Hace veinte años, quizás más, quizás algo menos, cenaba con mis viejos. Había corrido el vino, que mi padre goza en seleccionar y compartir, y a los postres pudo haber una bebida blanca. No se porqué, o porque había salido el número de La Maga dedicado a Troilo, les conté un cuento. Dije que ya lo había escrito, cosa que, sin ser verdad, tampoco era mentira. Era como cuando Cervantes dice que encontró el texto del Quijote en una crónica árabe.
No me costó ponerlo en un papel, y por mucho tiempo pensé que era lo mejor que había escrito hasta entonces. Una vez un amigo me pidió algo para una revista barrial y se lo di. Creo que en Redes de Papel fue la única vez que se publicó. Pasaron los años (siempre pasan los años), y en una edición de esta semana, en la página dos de El Tribuno de Jujuy, como todas las mañanas menos las del lunes, publiqué El Billete de Vilca. Alguien lo llamará remake. Yo, que a falta de una mayor perspectiva conozco la cocina de mi obra, sé que hace años no dejo de escribir más que versiones distintas de dos o tres tramas. (Y que lo hago aún en los más vanos artículos periodísticos.)
Dentro de todo, no pasa de ser una curiosidad. Las mejores cosas que hacemos los escritores no pasan, de todos modos, de ser curiosidades. Sólo que las curiosidades, como signos peculiares del lenguaje, como síntomas, dirían algunos, delatan relaciones más profundas, esas cosas que, no sin cierta fanfarronería, llamamos: verdades. Un cuento no sólo refleja algo que sucedió o pudo haber sucedido, sino que transmite la forma en la que creemos ver el mundo.
Cuando Hegel iguala la lógica de la razón con el logos de las cosas, no hace sino poner en palabras la creencia básica que nos da la posibilidad de seguir viviendo: la vida tiene un sentido y un orden, y no deben ser muy distintos a cómo lo imaginamos. Pero la verdadera teología, como lo pretendía Spinozza, no se queda en verificar razonablemente tal o cual artículo de fe, sino en sostener la esperanza de que haya un sentido que nos incluye, lo que suelen llamar el Plan de Dios, la confianza en que las palabras tienen alguna relación con las cosas que nombran y que la gramática es afín a la biología.
Esta Navidad quiero compartir con ustedes los dos mitos casi idénticos que redacté, alguna vez en mi entrañable Buenos Aires (la Buenos Aires de los mitos del tango), y el relato del billete de Ricardo Vilca, que se me hace indudablemente quebradeño, aunque no hayan duendes, coquenas ni palabras en quechua. Este segundo lo encontrarán en http://www.intuiciones.com.ar/andes/texto.php?tipoID=5&textoID=439 y el anterior es el que sigue:
EL BILLETE DE TROILO.
Cuando vi al pibe salir corriendo con mi billetera, pensé que la vida se me iba de las manos.
Una noche de hace ya casi veinte años, me encurdé con mi amigo Daniel. Yo corría tras de un olvido y él me hacía la gamba, siempre dispuesto a las obligaciones de la amistad. Comenzamos en los bares y terminamos en un cabaret de moda por aquel entonces. Yo, que estaba en la mala, me dejé convidar, y se sabe que quien paga elige el lugar donde beber.
Le conté mis desgracias hasta que nos tentó la risa. Estaba en la lona por la enfermedad de uno de mis pibes, y le echaba guita a paladas a los médicos, aunque ellos mismos fueron los que dijeron que todo era inútil. El pibe se consumía. Por aquel entonces creí ver a mi mujer con otro. Así como la enfermedad del pibe me carcomía el alma, así la supuesta infidelidad me importaba poco. Los sentidos se me borronearon de borracho y reí.
Una copera me miró desde unos ojos que sabían que tras tanta risa venía el más profundo llanto, y maldijo la suerte que la trajera a mi mesa. No supe qué drama le oprimía el corazón (esa noche no supe oír), pero me parece que también se trataba de un pibe.
En el palco la orquesta tocaba de lo lindo, y los compases se perdían en las ochavas del murmullo. De alguna mágica forma la música ganó el protagonismo. Alrededor de Pichuco, la orquesta susurró un tango.
Miré a mí alrededor y comprendí que si le preguntábamos a cada uno: “¿Para quién toca Troilo?”, cada uno diría sin dudar: "Para mí." Y yo opiné lo mismo.
Cuando Troilo bajó del palco, me le acerqué para agradecerle. Muchos ya lo estaban haciendo. Me acordé de la misa cuando los fieles se levantan para recibir la comunión, pero también de Jesús, porque era el más conmovedor e indefenso pobre tipo de todos los tiempos, y a la vez una gloria nacional, un crack.
Debí decirle solamente "gracias", pero en mi borrachera me despaché con todo mi drama. Sacó un billete grande y me lo dio.
En una primera reacción quise devolvérselo. Me palmeó la cara, y viniéndose hacia mí me dijo que no me preocupara por la guita, que "si usted me la vino a pedir es porque la necesita". Cuando me habló, supe que estaba tan en curda como yo.
Después enfiló para las mesas y yo quedé tambaleándome en la oscuridad. Con él se había ido el bullicio y quedaba el silencio de la vida; se fueron las voces y las risas, la vecindad de los cuerpos. Alguien de entre las sombras se me acercó, y tomándome del brazo me dijo:
- Si puede, no gaste ese billete. Hágame caso y guárdelo.
Otro, un viejo que flotaba en el limbo feliz del buen alcohol, sentenció asombrado:
- Es igual a Gardel.
Ya en el taxi pensé en eso de guardar el billete y en las necesidades de mi pibe. No sabía que hacer; los riesgos de confiar en otra pata de conejo resultaban enormes, y por otro lado el tratamiento de la enfermedad mortal que aquejaba a mi hijo... ¡vaya a saber lo que yo opinaba de esa agonía!
Mi mujer me había hecho notar que debía pensar también en el futuro de nuestra hija.
Al llegar, me sorprendió que me reprochara la tardanza, cuando para mí todo estaba acabado. Me eché a su lado y dormí. Por la mañana me pareció ver al pibe con más vitalidad que en la víspera, pero no podía ser más que una ilusión y no dije nada. De todos modos decidí no decir nada del billete hasta que se me pasara la resaca.
Al mes, el pibe hablaba de cuando pudiera volver a caminar, y los médicos hablaron de un milagro. Luego caminó y, como a todo, nos acostumbramos a vivir en estado de milagro.
El boliche que teníamos se terminó por fundir, pero yo conseguí un laburito con el que podía mantener a la familia. La experiencia que habíamos vivido con la enfermedad nos había vuelto humildes en las ambiciones, y vivíamos agradecidos con lo que tuviéramos. Jamás hablamos de lo que había sucedido en aquel tiempo, ni yo le manifesté mis sospechas. Hubo muchos años buenos (siete, dice la Biblia, son los años buenos, y siete son los años malos). La piba era tan linda como la madre. El pibe se lucía como win derecho en la quinta de San Lorenzo. Ella me amaba como si supiera que yo había sido en parte culpable del milagro, culpable por la fe, reo de haber creído, y me lo retribuía con sus mejores años.
Por eso bronqué cuando ese pibe me choreara la cartera, no por él, pobrecito, sino porque seguramente no sabía que se llevaba el billete que me diera Troilo, un billete ya sin valor, el único billete intransferible. Se estaba afanando la única guita con que se pudo jamás comprar una familia.
Caminé hasta mi casa. Cuando ya andaba llegando noté que tenía el traje más gastado de lo que recordaba. "Como si no pudiera comprarme otro", me reproché.
Cuando andaba por la cuadra de mi casa, oí decir a mis espaldas:
- Ahí va el loco ese que todavía piensa que su hijo está vivo.
Llegué a la casa y abrí la puerta. Por el pasillo oí la música que sin duda había puesto la nena. En el patio, el pibe hacía jueguitos con la pelota.
- Hola pá. - Me dijo sin saber que ya tenía la voz muy gruesa para llamarme así.
En la cocina estaba mi esposa. La besé. Fui al baño. Cuando cerré la puerta tenía ya la cara empapada por las lágrimas.
La luz era de una bombita de cuarenta watts en un portalámparas.
Me bajé los pantalones y me senté en el frío mármol del inodoro, y seguí llorando. Lloraba porque ya sabía que todo eso era mentira.
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